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Pero hay cartas que quizás nunca llegaron al papel y se quedaron en la memoria de quienes alguna vez planearon escribirlas. Otras, simplemente fueron dedicadas a musas y doncellas que jamás nadie –más que sus admiradores- vieron. Como la dirigida por Beethoven a su ‘Amada inmortal’ (que se supone nunca llegó a enviar y está fechada en el año 1812), y en la que expresa sus sentimientos hacia la única mujer que debió corresponderle.
El misterio de la identidad de esta mujer se resolvió en 1977 gracias al musicólogo estadounidense Maynard Solomon. Se trataba de Antonie Brentano, esposa de un mercader de Frankfurt y madre de cuatro hijos. Su sentido ético y el miedo al matrimonio, hicieron que Beethoven huyera de esta relación, a pesar de los conflictos emocionales que le causó.
Al músico se le conocía porque siempre elegía a mujeres inaccesibles que pertenecían a la aristocracia, estaban casadas, o las dos cosas a la vez.
En la carta, el compositor alemán, considerado uno de los más grandes de la cultura occidental, en tono de verso decía: “Lloro al pensar que probablemente no recibirás mi primera noticia antes del sábado. Tanto como tú me amas ¡mucho más te amo yo a ti!... ¡Buenas noches! En mi calidad de bañista, debo irme a dormir. ¡Ay, Dios! ¡Tan cerca! ¡Tan lejos! ¿No es nuestro amor una verdadera morada del cielo? ¡Y tan firme como las murallas del cielo!”.
Después de esto y de las dificultades para terminar la Sinfonía nº 8 en fa mayor, opus 93 su producción entró en declive y aunque se sabe que tuvo otros amoríos con mujeres comprometidas, su affaire con la ‘Amada inmortal’ fue más sonado que sus nueve sinfonías.
En un acento similar está la del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha a Dulcinea de El Toboso. En pocas líneas de amor a la Cervantes el caballero de la armadura le expresa a su soberana y alta señora el llagado de las telas del corazón.
” Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que además de ser fuerte es muy duradera”.
A punto de despedirse la remata con un posible coro de una tonada ranchera. “¡Oh bella ingrata, amada enemiga mía! Si gustares de socorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo”.
A menos que la humedad y el paso de los años quieren borrar las letras de las cartas, estás seguirán siendo joyas literarias que cuentan historias parciales y alimentan recuerdos a blanco y negro.
O sino qué decir sobre la Carta de Colón, documento que redactó Cristóbal Colón a principios de 1493 en el que juraba haber ‘descubierto’ un nuevo continente, aunque en el fondo él creyera que solo había dado con una nueva ruta hacia la India.

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