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En lo que tengo de ser periodista, nunca había visto una jornada así. Luego de la inyección de optimismo que dejó en el ambiente la visita del presidente Hugo Chávez y su buena disposición hacia el acuerdo humanitario, la muerte de Tomás Medina Caracas, alias “El negro Acacio”, debió caer como un baldado de agua fría.
Pero ni se vio el balde, y el agua fría nadie la sintió. Noticias parecidas produjeron antes un tsunami de grandes proporciones en la opinión pública. Hechos que aunque graves, dejaron por el piso acercamientos entre el Gobierno y las Farc.
Recordemos: La bomba en la Escuela Superior de Guerra, o la muerte de los ex diputados del Valle. Ambos hechos conmocionaron los acercamientos en busca de la libertad de los secuestrados.
Pero la baja del “Negro Acacio” no movió ni una hoja. Ni siquiera obstaculizó la entrega de los restos mortales de los ex diputados, pues fue la naturaleza, y no la política la que impidió la llegada de los cadáveres a Cali, donde comenzará el proceso de identificación.
Sin duda una jornada extraña. Medina Caracas era una pieza clave en la logística de la guerrilla: Quien convertía el dinero del narcotráfico de las Farc, en recursos para la lucha armada. Pero no pasó nada. Nada se trastocó.
Todo sigue como si nada. Los cuerpos de los diputados en la etapa final de su doloroso cautiverio, su cruel asesinato y su penoso regreso. La reunión del presidente Chávez con el Vocero de las Farc en Venezuela, sigue en píe. Y ni siquiera el presidente Uribe ha hablado sobre el tema en las últimas horas. Brilla por su ausencia su palabra contundente y guerrera.
Lo cierto es que este tema no es el mismo desde que Hugo Chávez levantó la mano. ¿Pudo domar a la guerrilla con su presencia en Bogotá? Pareciera. Si así fue, está no será la única crónica extraña que yo escriba de aquí en adelante.
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