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Era la tercera vez que Lorena lo intentaba. Después de almorzar, se sentó frente al computador dispuesta a mostrarlo todo, incluso ese pequeño lunar clandestino en uno de sus muslos y que en la época de universidad sólo vio Ricardo, su novio de toda la vida.
Como antesala a su primer desnudo había encendido unos palitos de incienso y había puesto sobre el escritorio, muy cerca del teclado, un vaso con gaseosa dietética.
Entre tanto, la pequeña cámara digital (webcam) -conectada a su computador- ya estaba lista para transmitir en directo imágenes a una de las tantas páginas Web donde la palabra sexo se revela sin el menor empaque y los ojos de los visitantes se ahogan en las fotografías de sus ‘muñequitas’ digitales. La invitación siempre la misma. “Haz clic” y navégame, marinero.
Lorena, aún cuando sabía que su cliente, un español que entre sobreexcitado y alicaído, quería retirarse de la desapegada conversación y dar clic sobre la foto de otra ‘ciberchica’ que sin el menor reparo le enseñara por la webcam hasta el último de sus bordes, no era capaz de desnudarse ni de repetir cada cinco minutos la misma escena.
Esta bogotana no iba a masturbarse frente a la cámara. A su lado, en otro cubículo del ‘estudio’, de cuatro metros cuadrados, decorado como una habitación -un sofá que hace las veces de cama y sábanas en satín azul claro- sucedía todo lo contrario.
Mónica, la ‘Monita traviesa’, llevaba más de 25 minutos ‘chateando’ con un holandés, de unos 56 años, quien pagó ochenta dólares (150 mil pesos) con su tarjeta de crédito por una hora de cibersexo. Él la eligió, pero bien pudo escoger a cualquier otra.
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